martes, 16 de mayo de 2017

Lo que enseña una higuera



Adán y Eva, tentada por la serpiente, coge un higo del árbol del conocimiento.
Códice Albeldense o Vigiliano. Monasterio del Escorial. Madrid.


Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

La Higuera, Juana de Ibarbourou. Uruguay



En mi jardín crece una higuera desde hace  casi veinte años, el tiempo que lleva creciendo, adornando y ofreciéndonos sus frutos. Alguien amado la compró para agradarme y para que me hartara de comer higos. Lo ha conseguido pues cumple perfectamente esa y otras muchas funciones y, desde luego, abastece a toda la familia y vecinos de sus dos frutos, puntualmente, cada año.
Este abril, cuando sus hojas estaban tiernas y sus frutos engordaban, una demoledora helada de -10 º la ha quemado. Verla así me produce una inmensa tristeza pero se que es su condición  la vitalidad y la resistencia, así que esperaré pacientemente su recuperación.
De este árbol gusta todo, su nombre, sus dos frutos -las brevas de julio y los higos de octubre-, sus hojas protectoras -mas te vale ponerte manga larga para recolectar- y su fresca sombra durante el aplanador sol del verano en los meses de julio y agosto.
Tanta y tan buena actitud en un árbol no pudo pasar desapercibida a lo largo de la historia. Tanto es así, que prosperidad, fertilidad y fortuna definen el significado tradicional de este singular árbol ya época medieval.
En la antigua Mesopotamia se asociaba el árbol de la higuera al conocimiento, valorando que los numerosos granos de su fruto definían la universalidad de la potencial sabiduría humana,  así que no es extraño que precisamente se mencione como el primer árbol del Edén, del que Eva toma el fruto -cómo me gusta- tal y como luego recogen algunos códices que copian a Beato.




La higuera ha estado ligado al ámbito del Mar Mediterráneo desde hace milenios y probablemente sea uno de los más antiguos árboles cultivados por la Humanidad, remontándose algunas evidencias arqueobotánicas   al 12.000 a.C. en el valle del Jordán, en la zona mas oriental de las que lo rodean.

  


En la Grecia Clásica la higuera simbolizaba el vigor y el honor, por lo que los ganadores de las Olimpiadas eran premiados con sus frutos y coronados con hojas de este árbol sagrado. 
Con su madera se tallaban falos que, durante las bacanales, portaban los jóvenes guerreros mientras que las mujeres jóvenes se adornaban con ristras de higos cortados, al estilo de los grabados de Demeter.
La leyenda del nacimiento de Roma narra como los hermanos Rómulo y Remo,fueron amamantados por una loba bajo la sombra de una higuera, el árbol que en el I a C, Cayo Plinio el Viejo, experto botánico, define como el árbol sagrado de la vida.
Ese mismo carácter tiene en India y para el Budismo.
Durante la Edad Media en Europa, el pastel de higos asados en hoja de laurel se convirtió en una comida de cuaresma, siendo símbolo del estatus económico la cantidad de pan de higo de cada familia.


Ficus carica en C.J.Trew Plantae selectae quarum imagines ad exemplaria naturalia Londini, in hortis curiosorum nutrit, vol. 8: t. 73,1771

A comienzos del siglo XVI Pizarro ordena a las familias que se instalan en el Nuevo Mundo que siembren una higuera en sus propiedades.
Las propiedades de la savia de la higuera son numerosas, conservándose en la sociedad tradicional castellana como remedio contra los clavos y berrugas, tal y como yo misma he visto hacer a una curandera en Campaspero, el pueblo vallisoletano donde pasé mi infancia,  produciéndose curaciones inmediatas de tales dolencias.
Las mujeres africanas elaboran con ella ungüentos contra la esterilidad y para favorecer la lactancia.

Esperamos que nuestra higuera se recupere pronto. Se nos hace imprescindible






¡Les deseo una feliz semana!



   




viernes, 12 de mayo de 2017

Los Beatos Medievales, una herencia compartida. El Códice de Tábara de regreso



Dentro de los actos de celebración del 150 aniversario de la creación del Archivo Histórico Nacional, el pasado  de abril el Beato de Liébana, códice del monasterio de San Salvador de Tábara fue expuesto por unas horas en el mismo scriptorium donde vio la luz.

Con motivo de tan importante acontecimiento se desarrollaron en la villa de Tábara unas jornadas divulgo-informativas, bajo el título Los Beatos Medievales, una herencia compartida, impartidas por importantes personalidades del arte medieval.
Diferentes ponencias en las que se explicaron los trabajos realizados en conjunto por España y Portugal a fin de presentar los fondos de sus archivos históricos en la Memoria del Mundo de la UNESCO, y la importancia que representa para la protección y difusión de de dichos fondos.





Por parte de la asociación de Amigos del Archivo Histórico Nacional se presentó el premio de investigación “Torre de Tábara” en su segunda edición, y cuyas bases están disponibles en la página web del Archivo.

Como primicia mundial, el artista y compositor Leo de Aurora interpretó su obra Aurora de Tábara, una creación ex profeso para este acontecimiento.

Otro momento de relevante importancia fue la participación de la última discípula del famoso medievalista experto en beatos: John Williams, Theresa Martín que trató de la obra póstuma de su maestro Vision of the end in Medieval Spain. 


El momento más emocionante para todos los asistentes y visitantes en general se produjo en la segunda jornada, cuando se pudo contemplar el ejemplar del Beato de Tábara, registrándose más de 2000 visitas durante las diez horas que el códice estuvo expuesto.


El manuscrito, protegido por especiales medidas de seguridad, estuvo abierto por la página que ilustra la torre del monasterio  “alta et lapidea” y el scriptorium adjunto, hecho que acontece por primera vez en una exposición.

El Beato de Tábara, obra de Magius hasta su muerte, fue terminado por su discípulo Emeterius, y los monjes Sennior y Monnius,  el 26 de julio del 970 a las dos de la tarde.

Está restaurado y reencuadernado conservando 171, algunos salvajemente mutilados, quedando únicamente 9 miniaturas.
Lo más característico de este códice es la imagen miniada que representa la torre del monasterio, siendo la imagen más antigua que se dispone de un scriptorium del medievo europeo. Una torre, probablemente defensiva, con tres cuerpos centrales, campanario con balconada en la cúspide y un laberinto a los pies. Así como una estancia aneja en la que se representan las figuras de unos monjes trabajando en unas piezas de pergamino sobre un escritorio y una tercera estancia, otro operario provisto de unas tijeras.

Toda una instantánea de un momento cualquiera en la vida cotidiana de un monasterio de estas características, tal es así que Umberto Eco reconoció haberse inspirado en esta ilustración para su obra En el nombre de la rosa.

El monasterio había sido edificado bajo los auspicios de Alfonso III, siendo fundado por San Froilán a finales del siglo IX bajo al advocación de San Salvador y con una comunidad dúplice de más de 600 monjes siendo abad del cenobium tabarnese Arandisclo. 

Debió ser arrasado por las razzias de Almazor en el 988, siendo reconstruido con posterioridad puesto que forma parte de las propiedades de Dª Elvira de León, hija del rey Fernando I en su testamento del 1.099. Tenemos constancia de su consagración en 1137 por el obispo Roberto de Astorga, y de la pertenencia durante los siglos XII y XIII a la orden del Temple.

Ya en el siglo XVI y por dictado del monarca Carlos V, se estableció en esta localidad la sede del marquesado de Tábara, cuyos señores llegaron a poseer extensísimos pagos por toda la comarca. La iglesia fue reformada en 1761 a expensas del marqués de Tábara, conservándose de su primitiva fábrica románica la torre y dos de sus portadas.

 


En el lugar que ocupaba el antiguo monasterio de San Salvador se levanta la iglesia de Santa María de Tábara, declarado Monumento Histórico Artístico en (1931) y Bien de Interés Cultural, que actualmente acoge el Centro de Interpretación de los Beatos.








Por Carmen Fresno para Ermitiella