martes, 18 de febrero de 2014

San Miguel de Gormaz, Soria. Las simples cosas no lo son tanto.





El ejercicio profesional pone al alcance de cada uno oportunidades de esas que marcan un antes y un después en la vida. Una vez que supe que podía leer paredes no hacía otra cosa que querer leerlas y así llegué hasta Gormaz, a los pies mismos del castillo califal mas grande e impresionante de toda Europa.

Para quien conozca el estado actual de la ermita, estas breves notas y fotografías van a suponer una viaje hacia atrás en el tiempo, a momentos y estados simples y muy alejados de lo que hoy conocemos. Para quien no haya tenido esa suerte, no dejará de ser un buen comienzo.


Entonces era una joven arqueóloga llena de proyectos y de ganas de trabajar, con la arqueología de la arquitectura casi recién inaugurada y un conjunto de templos dispersos, algunos absolutamente abandonados, sobre los que llevar a cabo nuevas propuestas de investigación.
No era fácil, siempre hay alguien que llega primero y con mas renombre. No me amilané por eso. 
Incluso la llegada a Gormaz fue un cúmulo de propósitos personales. Un lugar así, me planteaba yo  en 1996, es un lujo. Una ermita completa en un lugar sin presión de uso, en uno de los lugares estratégicos mas interesantes, dominando la línea del Duero. Estaba frente a la ermita de San Miguel.



Este pequeño tempo gozaba de una consideración como un Bien de Interés Cultural, la máxima protección legal reservada a aquellos bienes de carácter excepcional, curiosamente, ya que sus trazas generales son tan sencillas que nada destaca a excepción de unas líneas de imposta en la cabecera, justo debajo del alero, de consideración visigoda. 
Del pórtico además se extrajo una lápida árabe, trasladada desde el castillo, de consagración de la fortaleza de Gormaz.



El templo había perdido el culto. Nos contaron de la existencia de una cofradía y de la romería que hace años se celebraba allí, asegurándonos que la abandonada ermita era del pueblo.





Pasar la puerta era desolador. Chorretones marrones de barro diluido en agua se alargaban sobre el encalado en el pórtico y en el interior. Una ventana sobre el muro sur se adivinaba como la primera de otras tantas y un vistazo al muro exterior sur de la nave parecía trazar una puerta en herradura cegada.
La fábrica se levantaba con tongadas de mampostería encofrada con esquinas reforzadas de sillares de arenisca, caliza y toba.

Enseguida se empezó a desvelar la enjundia a aquel pequeño templo. Un retablo modestísimo presidía la pequeña cabecera de planta cuadrada y entre las fracturas de las maderas se veía una paloma pintada: ¡es igual que las de San Baudelio y Maderuelo! ¡El mismo concepto, iguales colores y la misma mano!







A los pies de una sencilla nave rectangular recorrida de un banco y pavimentada con losas cerámicas rojas se levantaba un coro de madera al que se accedía mediante una escalera adosada al muro sur. De aquí al campanario conducía un nuevo tramo de escaleras de madera apoyado en el muro occidental.















Este primer acercamiento no fue mas que el inicio de una gran aventura arqueológica destinada a recuperar la historia del lugar y a proyectar de una forma sensata su restauración, y no solo eso, ya que por primera vez se cuestionaban conceptos asentados en la praxis cotidiana de la restauración monumental.

La arqueología en las obras de restauración, los estudios previos a la obra y los equipos multidisciplinares, iban a dar paso a la interdisciplinariedad real, los estudios  para  la redacción del proyecto y la actividad arqueológica para estudiar el origen y evolución de un edificio, no solo de su subsuelo.

Con estas magníficas fotos de inicios de los 90 (archivo fotográfico del Servicio Territorial de Cultura de Soria) y estas breves notas, intentaré conducir un viaje por los trabajos realizados a lo largo de once años para su restauración y los resultados obtenidos. Espero que se animen a acompañarme. Creo que les gustará compartir esta experiencia.


¡Feliz semana!




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